¡Pues es lo que faltaba!

lunes, julio 31, 2006

Interludio

- General, no pienso ir a ningún sitio acompañado por un cyborg racista al que no entiendo.
- Bueno, lo del idioma lo estamos intentando solucionar, no sabemos por qué habla en vasco. Pero estoy seguro de que pronto podrás entenderle.
- No me ha entendido, no pienso ir con él. Mejor dicho, no pienso dejar que ello venga conmigo.
- Oh, vamos, Termobucle. El podrá hacer cosas que un hombre no podría.
- Aparte de comer la comida del cuartel, no se me ocurre nada que pueda hacer que yo no haya hecho ya.
- Termobucle, me temo que no tienes elección.
- Me marcharé, y no volveré.
- Te volveremos a traer engañado.
- No lo harán, esta vez no.
- Sí lo haremos.
- Oh, vamos. Pero ¿qué les he hecho yo? ¿Por qué me traen unos compañeros tan patéticos? Recuerde los últimos, aquel tal Fricción y el pintas de Ignífugo. El prefijo Termo de mi nombre es una alegoría de que allá donde voy la gente sale caliente, y aquellos dos enagenados prendían fuego a todo lo que veían. Y lo hacían creyendo complacerme. Jodidos subnormales, espero que estén a buen recaudo.
- Bueno, lo cierto es que no han vuelto de la última misión a la que los mandaste en Australia, y hace ya algunos años de eso. Pero sus identificadores siguen activos.
- Que desgracia.
- Bien, encima de la mesa están las órdenes que debéis cumplir mañana.
- ¿Debemos? No, yo no voy.
- Sí, sí que vas.
- ¿Me va a obligar?
- Te hemos drogado. Mañana amanecerás allí.
- Oh no, otra vez no. No he visto ningún pato electrónico esta mañana.
- Esta vez ha sido una anguila en el estanque de los patos.
- Su último servicio, me temo.
- ¿Cómo? ¿Y eso por qué?
- Me la he comido. Noté que me rondaba y me la comí.
- ¿Una anguila electrónica?
- Me pasé tres años en Santung comiendo corteza de árboles. La electrónica es un manjar indistinguible de un bistec.
- Vaya, que va a decir intendencia cuando se entere.
- Querrán saber si saben bien, y si se las pueden dar a los soldados.
- Eso te granjeará nuevos enemigos…
- Yo sólo tengo enemigos entre mis filas. En las filas rivales sólo hay gente asustada que muere. Me tumbaré hasta que haga efecto, si no, volveré a romper el suelo al caer.

This is Hollywood

El coronel Theodore Goodwill era un militar de los de antes, militar por los cuatro costados, por arriba, por abajo, por un lado y por el otro. Provenía de una familia de larga tradición, cuentan orgullosos que ya su antepasado Sir Edgar Goodwill decidió tomar partido por los sublevados en lugar de defender los intereses de la corona Británica, y que desde entonces todos sus descendientes habían pertenecido al ejército. De hecho, el propio sir Edgar provenía de una familia de larga tradición militar, por lo que estrictamente hablando, no se inició en él la tradición. En cualquier caso, Theodore, o Ted como era conocido por casi todo el mundo, incluidos muchos de sus subordinados, era un hombre educado por y para servir a su país en cualquier contingencia, salvaguardando los intereses del estado por encima de los suyos propios. Esto le convertía en un oficial eficaz y diligente a ojos de sus superiores, pero en un tipo molesto para todo aquel del entramado burocrático que pretendiera salirse un poco de la línea marcada por la ortodoxia y la rectitud.

El enorme compromiso con el cuerpo del que hacía gala, unido a cierta mala uva y ánimo de incordiar de algún burócrata, propició que tras la petición de un famoso actor realizada a la Secretaría de Defensa de acompañar a un oficial durante seis meses, con la intención de preparar un papel, un dedo le apuntase a él como guía instructor de actores temporal. Sobra decir que esto no causó gran regocijo al coronel, quién protestó enérgicamente dicha decisión, y que acató con resignación marcial tras ser derrotado en los despachos con dudosos argumentos. Por supuesto, todo el periodo de compañía forzosa transcurrió sin incidentes; la estrella se pegaba al coronel como una lapa, mientras éste trataba de poner todo tipo de excusas para ausentarse o lo enviaba a tareas monótonas con algún otro oficial bajo su mando, con la excusa de que era algo fundamental que debía aprender. Bueno, no exactamente sin incidentes, quince días antes de que finalizase el plazo, ocurrió algo que fue vagamente reflejado en la prensa, pero que dejó algunas preguntas sin responder.

Una mañana, el coronel partió en helicóptero, acompañado de su vodevilesco equipaje, rumbo a una base militar, aunque no quiso precisar nada más. Tras dos horas de vuelo y un rato de espera en una sala de armamento comiéndose unos Mars, alguien en algún lugar, abrió fuego contra algo, y se armó un jaleo terrible. Los soldados corrían por todas partes, disparando sin ton ni son, con un denominador común: todos vestían el mismo uniforme. El actor, que no por ello era tonto, entendió tras ver un par de cadáveres y unas cuantas vísceras desparramadas delante suyo, que aquello no era una fiesta de despedida ni un ejercicio de prácticas, y se puso a cubierto bajo un tanque, que afortunadamente estaba siendo reparado, por lo que fue el único que no llegó a arrancar ni a moverse. Cuando la cosa se ponía más fea, y los cañonazos empezaban a rondar el daño estructural grave en el edificio, empezó a ver volar a la gente. No sabía de qué bando eran, pero le parecía que se trataba de algunos soldados que había visto a las órdenes de Goodwill.

Tras poco más de veinte minutos, el ruido cesó y no se escucharon más disparos, por lo que decidió asomar un poco la cabeza de debajo del tanque. Lo que vio le sorprendió un tanto, atónito, miró como un soldado negro y enorme pasaba ante él indiferente. Súbitamente, como alertado de una presencia repentina, se detuvo, y miró sin vacilar ni un instante, dirigiendo su vista directamente hacia él. En una zancada y un leve movimiento de mano, se vio alzado en el aire contra un camión que había por allí.

- ¿Qué haces aquí?

- Yo, yo, yo, verá, vine aquí con el coronel Goodwill, estoy con él, él puede explicar lo que sea.

- Así que con Goodwill, eh… espera un momento, tú me suenas.

- Sí, con el coronel.

- Sí, tú eres Ethan Hunter, el espía de la CIA. Eres un asqueroso traidor, igual que Goodwill.

- ¿Eh? ¿Cómo? No, espere, yo no soy un traidor, no puede ser. Esepere ¡Yo no soy Ethan Hunter, yo soy Tom Cruis!

- No me engañaras con tus tretas de espía traidor.

- ¡No, espere!

Lo que vino a continuación fue detalladamente, aunque de forma fraccional, explicado en el informe oficial. Al coronel Goodwill se le fue la perola y decidió por cuenta propia que los burócratas y el alto mando se habían conchabado para derrocar al Gobierno de la Nación, por lo que decidió dar una especie de golpe de estado. Como en otras ocasiones en las que se desea un final rápido aunque no necesariamente no sangriento para una situación desagradable, llamaron a Termobucle, quien gustoso, puso fin a la peripecia bélica del coronel. Respecto a cierto actor, bueno, oficialmente nunca estuvo en aquel lugar. Un portavoz dijo que comentó algo de hacer un viaje, pero nunca dijo adonde.

Semanas más tarde

- Buenas, Termobucle. Te preguntarás por qué te hemos traído al Centro de Operaciones.

- Buenos días, general Dasnakoff. En efecto, eso precisamente me estaba preguntando. ¿Le importa que masque algo de pólvora?

- Oh, no. Adelante. Bien, tenemos que hablar… de lo que ocurrió la última vez.

- ¿Se refiere al actor? Fue una terrible equivocación. No debía haber estado en el campo de batalla.

- Sí, lo sé, además dijo que estaba con Goodwill. Y tú no tienes la culpa de confundir la realidad con la ficción. O bueno, tal vez sí. Pero lo cierto es que sucedió, le diste una paliza terrible y nos ha costado mucho trabajo que no saliera a la luz. Como es obvio su familia, su agente y algunas productoras han hecho molestas preguntas a la comisión de investigación. Pero con inteligencia y dinero, hemos conseguido desviar la atención. No obstante, nos ha venido bien en un sentido. Ahora, tenemos un nuevo agente para operaciones especiales. Termobucle, te presento a Robocruise.

- ¿Cómo?

Dasnakoff se apartó y extendió el brazo para dar paso a un hombre mitad humano mitad máquina, un animal cibernético que avanzaba con paso seguro, y que miraba al horizonte con su lente de amplio objetivo panorámico, ante la mirada sorprendida de Termobucle, que dejó caer el casquillo con la pólvora al suelo. El cyborg se detuvo, adoptó una pose chulesca, y dijo una única frase: garbitu Chicago.

jueves, julio 13, 2006

Burn baby, burn

Una fuerte explosión, y parte de la fachada de un edificio se vino abajo, cubriendo de polvo a todos, mientras el ruido del desprendimiento se alargaba agonizante, gracias a las pequeñas avalanchas de cascotes, que se negaban a cesar. Tras unos instantes de indecisión, los disparos volvieron a sonar sobre sus cabezas, mientras algunos soldados se afanaban en tomar posiciones haciendo uso de armas más pesadas como bazokas o morteros. La situación duraba ya varias horas, y los soldados no eran capaces ni siquiera de acercarse a la entrada del almacén en el que se atrincheraban los malvados terroristas que amenazaban la tierra con liberar aliens como los de la película alien.

Nadie sabía si en verdad disponían de tales engendros, pero el gobierno decidió no arriesgarse tras ver uno de los videos que los terroristas enviaron, en el que hacían una demostración de lo que el ácido molecular contenido en un matraz hacía con un polvorón. El polvorón, era de La Estepeña. Como el gobierno no negocia con terroristas, y en cualquier caso, las condiciones impuestas eran tan abusivas (todo el dinero del mundo y un space shuttle esperando para escaparse a la luna) decidieron localizar su llamada, y asaltarlos por sorpresa. Lamentablemente, tras obtener el punto desde el que se hicieron las llamadas, un cabo inexperto presionó el botón de rellamada, de modo que sin saberlo, las Fuerzas de Acciones Especiales expusieron su plan mientras los terroristas escuchaban pegados al aparato.

Como es lógico, al llegar al emplazamiento, o punto P, se encontraron con todo tipo de sorpresas, en forma de barricada, muro, mina e incluso cáscaras de plátano. Todo era poco para impedir el avance de las tropas. Incluso pusieron casetes de música de Duran Duran a todo volumen para desconcentrarlos. Cuando el capitán Forrester llamó al centro de operaciones para decir que el avance se había detenido, el coronel Hawkes se preguntó por qué la flor y nata de las fuerzas especiales del mundo entero eran incapaces de tomar un almacén en el puerto de Norfolk, disponiendo de una superioridad de mil a uno en hombres, amen de todo tipo de artefactos tecnológicos y vehículos blindados. Con resignación, miró al Almirante Gilles O’Maeh, quien abrió un cajón utilizando una llave que colgaba de una cadena en su cuello. Allí apareció un botón rojo con una leyenda que rezaba “Tactical bombing” “Think before pushing, please”. Con inseguridad, acercó su dedo al plástico rojo, cuando la puerta se abrió sin que nadie hubiera llamado antes. Era el General Procor Dasnakoff, jefe de varias cosas tan secretas que carecían de nombre oficial, y desde luego el tipo que cualquier jefe de algo no desea que entre en su despacho en su momento de gloria. Este desde luego, no era un momento de gloria. Por fortuna, el botón seguía sin ser apretado, por lo que Dasnakoff, tras comprobar que el combate seguía en tablas, si es que a eso se le pueden llamar tablas, se limitó a decir que ya había enviado a “su hombre”, y les instó a tranquilizarse.

Como es lógico, un oficial curtido en mil batallas, no se toma muy en serio, ni mucho menos bien, que un tipo que no se sabe a que dedica su carrera militar aparezca en tu operación y pronostique que “su hombre” va a solucionar lo que sus soldados, uno de los cuerpos mejor preparados que existen, no han sido capaces de solventar en varias horas. Ante la poco comprensiva mirada que le estaban dirigiendo, Dasnakoff decidió volver a marcharse tras un escueto “bueno, me voy”. Lo que ocurrió después, lo conoce todo el mundo. Al menos, todo el mundo que leyera el informe secreto Hayes que el Pentagono elaboró tras la investigación.

Tal y como relató el capitán Forrester, en un momento determinado, dejaron de recibir fuego enemigo, y oyeron voces de socorro en el interior del edificio, además de numerosos gritos e insultos. Tras unos diez minutos, un tipo negro y grande vestido de forma peculiar apareció, y se dirigió al capitán Forrester para informarle de que los terroristas estaban atados en el interior del almacén. También añadió que como no había columnas a las que atarlos, tuvo que construir una, y que los había amarrado bien, con un ancla de barco, mientras señalaba a uno de los enormes petroleros del puerto que ahora parecía ir a la deriva. No apagó la música de Duran Duran.

La conclusión del informe era clara, un superhéroe transnacional y no-americano les había salvado el culo. Lo que no quedó muy claro, es quién autorizó a Procor Dasnakoff a intervenir, dado que ni siquiera era miembro del ejército de los Estados Unidos, aunque todo el mundo diera por hecho lo contrario. Algunos miraron al Pentágono que silbó mientras el Secretario de Estado de Defensa miraba al Presidente, que a su vez se limitaba a preguntar que de qué estaban hablando.

Sólo un general guardó silencio durante el proceso, uno de esos burócratas que nunca han mandado marines ni nada, dedicado toda la vida a asuntos poco convencionales. Uno que, cuando oyó lo que los soldados relataron sobre el hombre negro, pensó: “ha vuelto, es él, lo sé. Cuando despiertas un arma defensiva de un enorme potencial, sólo puede ser porque temes a un arma ofensiva de un enorme potencial”. Pero no dijo de esto ni media palabra, y las conclusiones fueron confusas. A nadie se le ocurrió preguntar a Dasnakoff. Una pena, porque de haberlo hecho, lo que sucedió a continuación, no les hubiese extrañado tanto.